Fenomenología de las salas de espera del doctor
Las salas de espera para las citas médicas son una escenificación contemporánea del mito del Purgatorio; pero en lugar del cielo y el infierno, la vida y la muerte. Seré menos teatral: la salud y la enfermedad. La noción del tiempo se distorsiona: da igual si son 4 o 19 minutos. El tiempo se vuelve una realidad imposible de medir, y se parece más al infierno si la sala se encuentra en el saturado sistema público mexicano de salud. Quiero creer que referirse a nosotros como “pacientes” apela también a nuestra capacidad para esperar; porque si somos devotos de Teresa de Ávila sabremos reconocer que cuando la santa aclama que la paciencia todo lo alcanza, también puede rozar el origen latino de la palabra: el que padece, el que sufre. Por eso, para la también poeta, solo dios basta. Lo esperanzador es que en ese Purgatorio brotan ideas, como en la mayéutica socrática, cuyo origen etimológico remite al acto de parir. Pero para que ese parto fuera saludable —en términos más bien platónicos— debía darse en diálogo con otros. Quizá por eso insistimos en escribir.
Como todo acto vivo, el parto de ideas viene acompañado de emociones. En las salas de espera de los doctores, el miedo es una de las más abundantes. Y es que al milagro de la conciencia de la vida lo acompaña su contraparte: la conciencia de la muerte. O, para decirlo de modo menos teatral, la conciencia de la enfermedad y por lo tanto de los cuidados. Entonces pasa toda tu vida frente a ti y es imposible no sentir culpa, nostalgia, aversión y admiración. Todo al mismo tiempo. Estoy seguro de que Dolor y gloria le brotó a Almodóvar en una sala de espera del doctor; sospecho que también “Landslide” de Fleetwood Mac y “Lo niego todo” de Sabina. Y como gracias a la ciencia hemos podido extender la vida aun a pesar de la enfermedad —herramienta infalible de la selección natural—, en algunos entornos clínicos y de educación en salud se prefiere a veces hablar de “condición” para evitar las cargas emocionales del estigma en enfermedades crónicas como la diabetes tipo 1. Por lo que, desde otra perspectiva, asistir al médico es una decisión saludable. La frontera semántica entre enfermedad y condición es porosa y depende tanto de la voluntad como de las estructuras socioeconómicas que sostienen esa voluntad. No siempre se puede, y cada vez sentimos más que se puede menos.
Entre tantas emociones, además, resulta poco apapachador el diseño arquitectónico de las salas de espera. Muchas se parecen. Son otro no lugar a la Augé, como los aeropuertos, los estacionamientos, los centros comerciales, las marcas de lujo y las cirugías plásticas. Y también son cada vez más quienes esperan en las salas de cirujanos: ¿qué emociones se atraviesan cuando esperas al cirujano? Intuyo que también miedo. Es ahí cuando las emociones empiezan a entrelazarse con las ideas, que casi siempre son compartidas. Si la emoción la siente el cuerpo individual, la idea la siente el cuerpo colectivo. Tal distinción ha obsesionado a la humanidad desde que somos capaces de sentir gozo al saciar el hambre y gozo al recibir la palabra de dios. La distinción no es entre el cuerpo y el alma, porque tanto la emoción como la idea brotan y se sienten en un mismo origen: el cuerpo. Ese mismo cuerpo es capaz de estremecerse ante el dolor y al escuchar Las cuatro estaciones de Vivaldi o ver un cuadro de estambre wixárika. Lo sublime siempre ha rozado esa diferencia; también el trabajo, la guerra, la familia, la religión. La antropología, me he dado cuenta, dedica buena parte de su curiosidad a hurgar en esa frontera.
Y por supuesto que la frontera entre macho y hombre se diluye cuando tienes que visitar de nueva cuenta al urólogo que gracias a dios —repito: gracias a dios— no se acordaba de mí. Cuando recordó mi caso le cambió el gesto; esa emoción que aparece en el rostro, tan mamífera. Porque, como en parábola de alguna secta periférica en América Latina, dejó de ver a un enfermo para hallarse a un sano. Al final de la consulta, me atreví a decirle algo así como: “Gracias, doctor, porque no sabe cuánto calman sus palabras”. Y pensé entonces, siguiendo una intuición foucaultiana, que con la modernidad —es decir, con el surgimiento del derecho humano, de la ciencia progresista, del individuo psicoanalizado— la estola se convirtió en bata blanca. Atestiguo, además, que fue él y no yo quien usó la palabra “conversión”.
Algunos paleoantropólogos se debaten, por ejemplo, si ciertas formas tempranas de simbolización o de tratamiento deliberado de los muertos brotaron antes de alcanzar nuestro actual desarrollo cerebral. Hallazgos fósiles como los atribuidos a Homo naledi en el sistema de cuevas Rising Star, en Sudáfrica, y los de la Sima de los Huesos en Atapuerca, España, han llevado a algunos investigadores a proponer conductas mortuorias o simbólicas tempranas, aunque el tema sigue siendo debatido. E incluso historiadores como Harvey Whitehouse y su equipo de la Universidad de Oxford, que trabajan con bases de datos históricas comparadas y análisis estadístico, han sugerido que los dioses moralizantes aparecen sobre todo cuando las sociedades ya alcanzan gran complejidad. Según esa línea de trabajo, para que aparezca un dios que vigila antes deben existir sociedades de por lo menos un millón de individuos. Ambos argumentos apuntan, al menos, a una misma intuición: antes que el individuo aislado, está la cooperación. Así de social es nuestra especie: así de capaz de cuidarse en grupo.
¿Qué tanto, entonces, estamos endiosando a la salud a la vez que, ante la promoción del individualismo rampante y consumista, queremos recuperar nuestros lazos, nuestros clanes, nuestro territorio? Mi canción favorita de The Blaze dice: “There’s nobody like my mom. There’s no place like my home since I was born. When I was young. The flavor is so strong”. El arraigo se siente en el cuerpo: en la boca, en la comida compartida, en el vino, en el atardecer. Si quieren un consejo, el remedio más saludable que he encontrado en mi vida ha sido tener a mi gente cerca.
Además, cuando vives con una condición crónica —si se fijan, ya casi no decimos “crónica-degenerativa”— esas salas de espera se multiplican entre especialidades clínicas y laboratorios; detrás de ellas está eso que sostiene a la ciencia clínica: la evidencia. Porque a las emociones de las salas de espera hay que sumarle, también, que vivo en México: un lugar muy irónico donde los toques de queda provocados por el crimen todavía no provocan desabasto de insulinas en las farmacias.
Me gusta pensar mi diabetes como un juego de Nintendo donde se van superando pruebas. Se ha logrado un mundo más. Uno de los entrenadores con los que me ejercito suele decir: “No se vuelve más sencillo, te haces más fuerte”. Yo creo que ambas.
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