Una pila de platos recién lavados

Entregué avances de tesis y siento la cabeza como cuando, después de recibir visitas en casa, limpias la cocina y queda una pila de platos recién lavados: se percibe orden y transparencia. La formación doctoral se parece a una limpieza argumentativa a profundidad: desempolvar vasos y recursos retóricos; ordenar el cajón de los tuppers, los cubiertos y los prejuicios; desechar todo lo que algún día sirvió y hoy solo estorba.

Esta pequeña armonía mental tiene que ver con algo que no imaginé al inicio del posgrado: me he ido reconciliando con la escritura científica, aun sabiendo que mis habilidades matemáticas son prácticamente nulas. Para alguien formado en ciencias sociales cualitativas y humanidades, fue como cambiar de idioma. Estoy acostumbrado a escribir ensayos y propaganda, a rodear las ideas, provocar emociones con las palabras y aprovechar la ambigüedad a mi favor. La escritura científica, en cambio, exige orden, precisión y una ruta clara: problema, objetivo, método, resultados, discusión. En estos meses de formación doctoral he aprendido a plantear mensajes sin rodeos, a evitar interpretaciones adelantadas y a cuidar que cada párrafo funcione para algo más que inflar el ego del autor. Gracias a esto ha mejorado también mi percepción como escritor: descubrí que puedo habitar el formato científico sin traicionarme por completo. Puedo ser más claro sin perder la voz.

Al mismo tiempo, vivo la tensión de escribir en un estilo que, si se lleva al extremo, corre el riesgo de sonar igual en todas partes. Formularios distintos, misma voz impersonal. Ahí aparece la inteligencia artificial como espejo incómodo: muchas veces puede imitar ese tono técnico incluso mejor que uno mismo y producir introducciones, discusiones y conclusiones que “suenan” académicas, aunque estén casi vacías de experiencia propia.

El estilo científico, además, no solo es homologador; obedece cada vez más a lógicas de producción capitalistas que contagian de urgencia a los pasillos universitarios, herederos de la idea ilustrada de progreso donde hay que llegar “lo antes posible” y casi nunca se explica a dónde ni por qué. En la llamada “sociedad del conocimiento” tenemos acceso a artículos, libros digitales, cursos, pero lo más escaso no es la información, sino el tiempo para leerla con calma y escribir algo que de verdad tenga sentido. Nunca habíamos producido tantos textos y, sin embargo, leer y escribir se han vuelto casi un lujo. Entre la precariedad laboral y la presión por publicar, la lectura profunda compite con la bandeja de correos, los congresos, las reuniones y las constancias.

En tiempos en los que una IA puede redactar algo “aceptable” en segundos, la verdadera diferencia está en lo que una persona decide sostener, cortar, matizar o eliminar. El doctorado me ha ayudado a usar mejor la inteligencia artificial: no como sustituto, sino como herramienta. Puedo apoyarme en ella para revisar, para probar estructuras o para destrabar una idea, pero la responsabilidad sobre el sentido de lo que escribo sigue siendo mía. Si no leo, si no pienso, si no decido, el texto quizá será correcto, pero hueco.

Durante estos meses de formación en ciencias de la salud, más que volverme disciplinado de un día para otro, me he obligado a observar mis procesos creativos, intelectuales y emocionales. El pensamiento científico y los argumentos sólidos necesitan tiempo para gestar ideas, observar problemas y reconocer el trabajo de otros investigadores. También entendí que escribir con rigor no significa escribir sin emoción, pero sí exige elegir mejor las batallas: no todo puede ser metáfora, no todo puede ser anécdota, no todo puede ser teoría.

Más que obsesionarme con un “estilo perfecto”, quiero encontrar un equilibrio entre el artículo científico y el ensayo. Creo que las ciencias de la salud tienen un potencial enorme justamente ahí: pueden moverse desde la cifra más exacta hasta la subjetividad más íntima. Podemos hablar de prevalencias, riesgos y factores asociados, pero también del miedo a enfermar, del cansancio de cuidar, de la experiencia de habitar un cuerpo que duele. Para eso, el ensayo es un género que habría que revalorar sin tantos prejuicios.

El ensayo es un arma poderosa, es un lugar donde se gesta el individuo y, al mismo tiempo, se despliega eso que solamente se consigue en colectivo: la mente, el conocimiento, el símbolo, la palabra. Es una especie de mitología sin dioses que legitima aparatos simbólicos enormes como las naciones (México tiene Visión de Anáhuac o El laberinto de la soledad). 

Las ciencias de la salud tienen un doble reto: comunicar hallazgos de forma clara y ordenada, pero también levantar la voz ante los determinantes políticos y económicos que provocan enfermedades cada vez más crónicas. Y eso solo se logra con la emoción de la retórica: pensando en voz alta, haciendo preguntas incómodas, conectando con quienes suelen dudar antes que otorgar confianza ciega. En ese sentido, el ensayo no es enemigo de la ciencia; es un complemento que la estira y la cuestiona y permite hacer algo que el formato científico difícilmente admite: mostrar dudas, explorar contradicciones, reconocer que hay partes de la realidad que no caben en una tabla.

El ensayo, además, ofrece un pequeño acto de resistencia: leer y escribir sin prisa. Porque si algo me ha dejado la formación rigurosa en ciencia, es reconocer que el verdadero lujo no es tener acceso a mil artículos o a la mejor inteligencia artificial, sino contar con el tiempo y la sensibilidad para seguir encontrando sentido a las palabras. Para agradecer nuestra capacidad de asombro, nuestra infinita curiosidad. 

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